El Imperio romano no se expandió únicamente gracias al hierro de sus espadas, también fue debido, entre otras muchas razones, a una comprensión sagaz de lo que el suelo ofrecía para fortalecer al cuerpo. La remolacha, o Beta vulgaris, ocupó un lugar privilegiado en aquella dieta de conquista. 

Los romanos fueron los primeros en valorar la raíz bulbosa por su densidad energética y sus propiedades curativas.

Naturalistas de la talla de Plinio el Viejo documentaron con precisión las variedades de remolacha, atribuyéndoles la capacidad de aliviar desde fiebres persistentes hasta problemas digestivos.

Esta creencia popular no quedó en los templos, sino que se trasladó a las alcobas y los mercados, de tal forma que el jugo de remolacha se vendía como un afrodisíaco natural capaz de encender pasiones y asegurar la fertilidad.

Lo que antes se manejaba como sabiduría popular o intuición atlética, hoy cuenta con un respaldo científico que sitúa a esta raíz en la vanguardia de la nutrición funcional.

Porque además de ser un festín para la vista por su tono carmesí profundo, la remolacha es, ante todo, un reservorio de compuestos bioactivos que tributan a fortalecer la arquitectura del cuerpo.

Desde un punto de vista estrictamente técnico, posee una densidad calórica notablemente baja -aproximadamente 43 kilocalorías por cada 100 gramos-, lo que la convierte en una aliada estratégica para determinadas dietas. La componen mayoritariamente agua (87%), carbohidratos (10%) y una presencia de fibra de alrededor de 2,8 gramos por 100 g (mezcla de soluble e insoluble).

Pero la verdadera magia reside en su perfil de micronutrientes, donde el folato o vitamina B9 es protagonista absoluto.

Una ración estándar de remolacha puede cubrir un porcentaje significativo de la dosis diaria recomendada de esta vitamina, esencial para la síntesis del ADN y la salud celular, especialmente en etapas de crecimiento o embarazo.

También junto a esa vitamina el potasio se presenta en dosis generosas, actuando como un regulador natural de la hidratación y el equilibrio electrolítico, lo cual favorece la función muscular y protege la salud cardiovascular al contrarrestar los efectos del sodio.

Más allá de las vitaminas convencionales, la remolacha posee un “arma secreta” que ha captado la atención de la ciencia deportiva y la cardiología moderna: los nitratos inorgánicos.

Estos compuestos, al entrar en contacto con la saliva y el tracto digestivo, se transforman en óxido nítrico, molécula que actúa como un potente vasodilatador.

El resultado es una mejora en el flujo sanguíneo, mayor eficiencia en el uso del oxígeno por parte de las mitocondrias y, por tanto, una reducción natural de la presión arterial sistólica.

/Autor: Vladia Rubio/

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