El reino animal conoce el sabor salado de las lágrimas, pero solo la humanidad ha logrado transformarlas en un sofisticado lenguaje social.  La ciencia ha establecido una distinción tajante entre esas lágrimas basales -meramente biológicas- y el llanto emocional.
Este, caracterizado por la secreción de gotas cargadas de hormonas ante un estímulo psíquico, parece ser un patrimonio exclusivo de la especie humana, tesis que ha sido objeto de fascinación desde los tiempos de Charles Darwin.

Y esa singularidad del llanto humana reside en la conexión neurológica que lo desencadena. En el cerebro humano, el sistema límbico, encargado de procesar las emociones, tiene una línea directa con el núcleo lagrimal.

Ello permite que un sentimiento de pérdida, alegría desbordada o empatía pueda traducirse de forma inmediata en llanto como respuesta física visible.

Aunque existen relatos anecdóticos sobre elefantes o perros que parecen llorar de tristeza, la observación científica rigurosa refiere que estos animales expresan su dolor a través de vocalizaciones y cambios posturales, pero no mediante el derrame de lágrimas emocionales.

/Autor: Vladia Rubio/

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