Granma

Fidel no estaba destinado a ser Fidel. Pudo haber sido un abogado exitoso, con una vida apacible, tranquila y cómoda, sin sobresaltos materiales. O haber alcanzado una posición prominente en la política tradicional republicana, que le habría garantizado prestigio, privilegios y prebendas.

Condiciones de posibilidad le sobraban para ello, no solo la procedencia de una familia acomodada, sino también la conjunción de una serie de valores y características personales que le auguraban un futuro brillante en cualquier carrera que escogiera para su vida, según la aguda observación de un profesor suyo. Tenía, al decir del trovador, varias sillas que lo invitaban a sentarse.

Pero escogió el camino más duro, y a la vez el más digno de un ser humano: el del servicio, el de entregarse a los demás, el de combatir sin descanso por la justicia y la liberación de las personas. Es decir, eligió el camino de la Revolución y a ella ofrendó su existencia.

Fue un rebelde inveterado e impenitente. Incluso antes de convertirse en revolucionario, en martiano, en marxista, ya había forjado desde su infancia y adolescencia un carácter insumiso que se levantaba enérgico ante injusticias y arbitrariedades. Fue una condición que no lo abandonó jamás. No solo se rebeló contra la dictadura y el imperialismo estadounidense, también contra dogmas que decretaban la imposibilidad de una revolución en Cuba, contra la geopolítica que le asignaba un papel subordinado e intrascendente en la arena internacional a una pequeña isla subdesarrollada como la nuestra, o contra el «sentido común» que normaliza discriminaciones y dominaciones.

El espíritu rebelde de Fidel se encontró en la Universidad de La Habana con las ideas más avanzadas y radicales de su tiempo, y allí inició un proceso de aprendizaje político y de desarrollo de su conciencia revolucionaria. El componente esencial en su formación política provino de la tradición de rebeldía del pueblo cubano, del legado de sus luchas por la liberación nacional y la justicia social. Fidel se nutrió del acumulado de una cultura política radical preponderante en el pensamiento y la acción de los revolucionarios cubanos, que tuvo en Martí su principal maestro y exponente más destacado, y que proveyó al país de una revolución popular de independencia y de una larga sucesión de combates e ideas por la justicia y la libertad.

La Revolución Cubana fue la herejía que, encabezada por Fidel, no solo subvirtió por completo el orden social imperante en Cuba, sino transgredió los roles que ese esquema teórico asignaba a las realidades y a las rebeldías de los pueblos, y destrozó todos los cálculos y pronósticos de lo posible en el equilibrio geopolítico entre las grandes potencias. Demostró que era factible, partiendo de las condiciones concretas de un país con una estructura de dominación neocolonial como Cuba, y apelando a la fuerza, la organización y la movilización de los más humildes, desplegar una insurrección popular victoriosa que se planteara objetivos trascendentes de liberación nacional y justicia social. El líder rebelde que, en junio de 1958, en plena Sierra Maestra, resistiendo una ofensiva militar de la dictadura, advirtió que su destino verdadero sería luchar contra el imperialismo estadounidense, enseñó y aprendió, junto con su pueblo, que solo con el socialismo podíamos librarnos del dominio extranjero y construir una sociedad de igualdad y libertad plenas. Y nos dejó, como lección eterna de incalculable valor que para una revolución lo más sensato y recomendable, es decir, lo mejor, será siempre luchar por lo imposible.

El de Fidel es el pensamiento de un revolucionario que intenta transformar el mundo, y para lograrlo debe intentar conocerlo en toda su contradictoria y compleja realidad. Por tanto, es un pensamiento de una dimensión abarcadora, de una totalidad extraordinaria, y a la vez de una formidable capacidad dialéctica. No se atiene a recetas ni a moldes establecidos, sino que combina a la perfección dos facetas esenciales en la labor de un revolucionario: una firmeza inclaudicable en los principios, que son innegociables, y una amplia flexibilidad táctica.

Fidel parte de conocer bien las realidades, las circunstancias, pero no para adecuarse a ellas, sino para superarlas, para transformarlas, apelando sobre todo a las fibras más íntimas de los revolucionarios. Nos enseñó que la principal arma de resistencia de la Revolución es la movilización y la conciencia de los revolucionarios. Esta lección es de una vital actualidad para Cuba, que atraviesa por uno de los momentos más complejos de su historia, en el cual su pensamiento tiene que ser constantemente una guía en todas nuestras actuaciones.

Es nuestra responsabilidad, un compromiso enorme de todos los cubanos, que Fidel continúe venciendo aún después de muerto. Y el mejor modo de mantenerlo invicto es que la Revolución avance, y asumir su legado como algo vivo, en movimiento, para enriquecerlo y profundizarlo.

Decía Mella que hasta después de muertos somos útiles. Para que Fidel permanezca útil será preciso entender las coordenadas y las claves de su pensamiento, e interpretarlo de forma creadora, de acuerdo con las circunstancias que nos corresponda enfrentar.

Para tal empeño necesitaremos que Fidel nunca sea entre nosotros una pieza fría de museo u objeto de adoraciones vacías, sino que continúe a nuestro lado en nuestras batallas. Debe seguir siendo el compañero que nos impulsa, el jefe que nos alienta, el pensamiento que nos guía, la voz que nos sigue convocando, como en la víspera de Girón, a ocupar nuestros puestos de combate en la defensa de la obra de justicia más hermosa que ha conocido la humanidad, con la convicción eterna de la victoria y de que «morir por la patria es vivir».

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