Granma

Existen cosas que en Cuba son sagradas y la familia es una de ellas. Hay entre los hijos y las hijas de este país un concepto elevadísimo de lo que significa esa institución, ya sea formada por lazos de sangre, o por aquellos que, partiendo de los afectos, puedan construirse.

Amar, proteger, respetar, son algunos conceptos que, aun desde los primeros años de vida, aprendemos a conjugar para con aquellos que constituyen nuestro núcleo más cercano, nuestro sostén.

Si bien es esa la realidad que se expresa desde un marco estrecho, individual, también lo hace en el ámbito social. Las familias, en su pluralidad estructural, con sus peculiaridades constitutivas, son un pilar de la Cuba que cada día soñamos, defendemos, construimos.

No es solo el precepto de que constituyen la primera escuela del ser humano y un baluarte para la formación y aprehensión de valores, principios, incluso normas conductuales y sentimientos, lo que implica que se les profese tanto respeto y se reconozca constantemente su valía. También es innegable el hecho de que la persona que convive en un ambiente familiar sólido, armonioso, funcional, será sin duda alguien más seguro, capaz y preparado para hacer frente a los retos que implica el vivir.

Nuestra familia sirve de refugio cuando los miedos o el agobio nos embargan, es poderosa fuerza de empuje si no nos atrevemos a emprender el camino. Y digo nuestra, porque por más o menos tradicional que sea, por muchas semejanzas que existan entre ellas, cada una es única, con maneras muy suyas de encauzar y ordenar la vida.

Sin embargo, un estado socialista de derecho como lo es Cuba, tiene, necesariamente, que observar y proteger la integridad de todas las familias; hacer que tengan dentro de la sociedad no solo amparo, sino igualdad de oportunidades para el pleno desarrollo de cada uno de sus miembros, para que la justicia social las cobije a todas, sin excepción.

Es esa y no otra la razón que ha compulsado a la construcción colectiva de un proyecto de ley inclusivo, esperanzador, de amplia visión humanista, que pueda instituirse finalmente como el Código de las Familias cubanas.

Aprobado ya por la Asamblea Nacional para ser llevado a referendo, el texto abre las pautas para que demos como sociedad un enorme salto cualitativo, con respecto a la cosmovisión que abrazamos acerca de los derechos humanos.

Aunque dar el sí a esta ley –cuyo carácter inclusivo y avanzado está más que probado– es una decisión personal, resulta imprescindible para ello desterrar el egoísmo, los estereotipos, sacudirse retrógrados patrones históricamente aprendidos, para obrar con justeza en favor del bien colectivo.

Aprobar el nuevo Código de las Familias, como lo ha dicho el Primer Secretario del Comité Central del Partido y Presidente de la República, Miguel Díaz-Canel Bermúdez: «Es una apuesta por la vida, por la dignidad de las cubanas y cubanos, por la continuidad de quienes nos han guiado».

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