Por Héctor Izquierdo Acuña

Eran las 8 de la noche del lejano 20 de julio de 1876 y el general Manuel Suárez Delgado, que había organizado una columna con fuerzas de infantería de Caonao y Bonilla, y dos escuadrones del Regimiento Agramonte, en combinación con fuerzas del Tercer Cuerpo de Ejército, asalta a Morón y penetra por la calle Casals —actual Ignacio Agramonte.

Suárez Delgado continúa hasta la Real, hoy Martí, y prosigue por ésta hasta Isabel Segunda —hoy Máximo Gómez. En los establecimientos de Ramón Rodríguez, Luís Angulo y Juan Galvis, los cubanos se proveyeron de todo lo que les era necesario.

Baste señalar que durante la Guerra de los Diez Años y con posterioridad en la Guerra del 95, los asaltos y tomas temporales de poblaciones fueron acciones relativamente frecuentes. Las tropas insurrectas perseguían varios objetivos, en los que se destacaban: abastecerse de armas, municiones, ropa, calzado, medicinas y otros efectos que no podían ser adquiridos por los insurrectos, ni elaborarse en los talleres de las prefecturas mambisas. Por eso, era necesario quitárselos al enemigo.

Para el soldado mambí, acciones como estas eran fuente nutricia para elevar su espíritu de lucha, sin embargo, el impacto sobre la moral combativa de los soldados españoles era demoledor.

Si se analiza cómo fueron fortificadas las principales ciudades y poblados con el objetivo de contener o hacer desistir de todo intento de ataque insurrectos: rodeadas de fortines, cercas, fosos y demás construcciones de defensa, podrá apreciarse que no era tarea fácil ejecutar con éxito una acción de este tipo.

Resulta aún más difícil si tenía como objetivo atacar poblados como Ciego de Ávila y Morón, centros de operaciones de la Trocha Militar en los cuales, por lo general, se encontraban dislocados varios cientos de soldados en sus guarniciones, protegidos por fortines y elevadas cercas de jiquí.

Máximo Gómez sabía que para alcanzar una mayor disciplina debía incrementar la actividad combativa de los hombres, y con ese propósito dispuso tres importantes acciones: atacar las poblaciones de Villa Clara, Punta Alegre y Morón. Era necesario obtener recursos y la única forma de adquirirlos era arrebatándoselos al enemigo.

Los fuertes que circundan la población se defendieron con disparos, que no causaron bajas a los asaltantes. Con posterioridad, y luego de permanecer algún tiempo en la villa, se retiraron ordenadamente hacia La Serrana, por el camino de la calle Máximo Gómez. En la operación, recibieron gran apoyo del coronel José Molina, quien con sus hombres atrajo la atención de los españoles que cubrían la parte norte y oeste de la villa.

El historiador español Antonio Pirala, en su obra Anales de la guerra de Cuba, reconoce la derrota y critica la forma en que actuaron las tropas de la guarnición de Morón y Villa Clara cuando expresó:

Tropas más que suficientes había en uno u otro punto para desear la presencia del enemigo. En Morón, además del destacamento ordinario, se encontraban accidentalmente algunas compañías de una columna de operaciones; […] el abandono de toda vigilancia en Morón y el aturdimiento y la falta de iniciativa tanto allí como en Villa Clara, ocasionaron que se desaprovechase la oportunidad, y quedaran impunes el insulto, el saqueo de algunas tiendas y el incendio de edificios. Con jefes como algunos de los que allí mandaban era difícil obtener éxitos en la guerra.

En ese momento el jefe de la plaza era el coronel Braulio Ordóñez, se encontraban en Morón de 400 a 500 hombres. A pesar de eso, los invasores se enseñorean de la población, y como describiera el general Joaquín Jovellar y Soler al comandante general del Departamento de Las Villas: “[…] hicieron cuanto les dio la gana con tranquilidad completa ¿No será posible que lleguemos a contar con jefes precavidos y que no se asusten cuando se presenta la ocasión?”

Mientras los jefes militares españoles, impotentes, analizaron las causas de la derrota, el general victorioso, Manuel Suárez Delgado, comunicaba a sus superiores los detalles más relevantes de la operación:

[…] me dirigí […] al poblado de Morón, atacándolo el 20 del mes ppdo. La columna de ataque al mando de los tenientes coroneles G. [Gaspar] Betancourt y D. Johnson y la fuerza de vanguardia de los tentes coroneles S. Rosado y J. M. Capote, avanzaron sobre la fortificada villa, quedando de reserva mi escolta, con dos Escuadrones al mando del Ten Cor F. Céspedes. La extrema vanguardia al mando del capitán Eduardo Mederos, ocupó el fortín que defendía la entrada de la calle Casales. Se ocupó, además de dicho fortín, 4 armas, pistolas y revólveres Remington, 82 machetes de media cinta nuevos, 3 caballos, 4 cornetas y varios instrumentos, además de 10 000 pesos en oro, y un rico botín de ropas, prendas y efectos. El enemigo tuvo 6 muertos vistos. Sin novedad. Mis tropas permanecieron tres horas dentro del pueblo, sin ser molestados, a pesar de su guarnición de 600 hombres que a los primeros disparos se replegaron a sus cuarteles y fuertes atrincherados.

Por su parte, las autoridades españolas sólo hicieron referencia al hecho 6 días después, por medio del periódico Gaceta de La Habana. En contraposición con el lenguaje habitual de esa prensa, en esta ocasión solo dedicaron unas escuetas líneas:

En la noche del 20 al 21 los cabecillas Máximo Gómez y el titulado Brigadier Suárez atacaron por vanguardia y retaguardia al poblado de Morón y fuerte 7 y medio Norte, siendo rechazados de ambos puntos. En Morón se hizo un prisionero y la fuerza del fuerte No 7 y medio le cogió en el combate un caballo, cinco mulos, un cajón con pólvora y correspondencia. Nuestras bajas han consistido en un oficial y un soldado herido en Morón y un jefe y un oficial herido en el fuerte mencionado.

El asalto a Morón, del que se cumple el aniversario 146, fue sin lugar a dudas, una de las acciones más audaces y relevantes de la Guerra de los Diez Años en territorio avileño.

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