En una cafetería de Latinoamérica, Daniela desliza el dedo por su pantalla mientras permanece frente al plato. No mira la comida, sino historias de cuerpos “perfectos”, recetas de dietas milagrosas y retos de transformación física.
Ese ritual, común entre millones de jóvenes y adolescentes, podría estar alimentando un cúmulo de síntomas asociados a conductas alimentarias desordenadas y preocupaciones por la imagen corporal.
Un estudio sistemático publicado en JMIR Mental Health encontró que el uso problemático de los teléfonos inteligentes -la relación compulsiva con el dispositivo que interfiere con la vida diaria y el bienestar psicológico- se asocia de forma consistente a síntomas relacionados con trastornos de la conducta alimentaria, como sobrealimentación emocional e insatisfacción corporal.
El trabajo incluyó a miles de participantes y subraya que no es solo la cantidad de horas frente a la pantalla, sino la forma compulsiva de interactuar con el teléfono lo que puede incidir en cómo los jóvenes perciben su cuerpo y sus hábitos alimentarios.
Dicha investigación que pone de relieve que los adolescentes que usan sus celulares más de siete horas al día presentan mayor prevalencia de síntomas relacionados con la alimentación desordenada y la insatisfacción corporal.
El fenómeno no se limita a un país ni a un grupo etario. A nivel mundial, estiman que entre el 5 % y el 7 % de la población padece algún trastorno alimentario, incluyendo anorexia, bulimia y trastorno por ingesta excesiva.
En este contexto, especialistas en salud pública recomiendan estrategias integrales que no solo limiten el tiempo frente a la pantalla, sino que también enseñen a los jóvenes a gestionar sus emociones, a mejorar la autoestima y desarrollar una relación saludable con su cuerpo y con la tecnología.
Teléfonos inteligentes, redes sociales y hábitos alimentarios disfuncionales a nivel planetario permanecen entrelazados en un complejo entramado que requiere atención de padres, educadores y profesionales de la salud.
No se trata de demonizar la tecnología, sino de comprender sus efectos y actuar a tiempo para proteger la salud integral de millones de jóvenes en todo el mundo.
/Redacción Internacional/
