Quien conoció de la tragedia de las tres hermanas que se suicidaron en Ghaziabad, India, luego que sus padres les confiscaran los teléfonos móviles, no pudo seguir de largo sin reflexionar al menos un instante.

Las jóvenes, de 12, 14 y 16 años, saltaron desde el balcón de su piso en un edificio de nueve plantas en las primeras horas de la mañana del 4 de febrero tras dejar un mensaje dirigido a su padre donde explicaban con dolorosa sinceridad, que no podían renunciar a su obsesión digital para poder vivir. Así reportó la agencia EFE, replicado por CubaSí.

Este desgarrador suceso mueve a meditar en el contexto de una sociedad cada vez más mediatizada por dispositivos digitales.

La Organización Mundial de la Salud reconoce desde 2019 el «trastorno por videojuegos» en su Clasificación Internacional de Enfermedades (ICD-11), describiéndolo como una pérdida de control sobre el juego que altera significativamente las actividades personales, familiares, sociales o educativas durante al menos 12 meses.

Más allá de casos extremos como este, las investigaciones más serias en salud mental han documentado cómo el uso problemático de pantallas y redes sociales se asocia a una gama de efectos perjudiciales en niños y adolescentes.

Estudios epidemiológicos recientes muestran que un porcentaje considerable de adolescentes presentan síntomas de uso problemático de redes sociales y juegos, caracterizado por incapacidad para controlar el tiempo dedicado, retiro de otras actividades y efectos adversos en el bienestar subjetivo.

El nuevo informe del estudio Health Behaviour in School-aged Children, que encuestó a casi 280 000 jóvenes de 11, 13 y 15 años en 44 países, evidencia que aproximadamente el 11 % de los adolescentes muestra patrones conflictivos de uso de las redes sociales, definidos como comportamientos difíciles de controlar que generan consecuencias negativas en su vida diaria.

Esta cifra refleja un aumento desde 2018 (7 %) hasta 2022 (11 %), lo que sugiere que esas conductas están en expansión.

La investigación neurocientífica más sólida sugiere que la adicción digital en adolescentes puede asociarse a cambios sutiles en el desarrollo de su cerebro, que aún está madurando.

Se han observado cambios en áreas del lóbulo prefrontal, región encargada del control de impulsos, la toma de decisiones y la regulación emocional. En ese sentido algunos estudios de neuroimagen describen menor grosor cortical o menor conectividad funcional en esas zonas, lo cual podría traducirse en mayor impulsividad y dificultad para autorregular el tiempo de uso.

Los especialistas coinciden en que muchos de estos cambios parecen ser parcialmente reversibles si se corrigen los patrones de uso y se restablecen hábitos saludables, lo que refuerza la importancia de la prevención y la intervención temprana.

Es así que padres, educadores y responsables de políticas públicas se ven ante el complejo desafío de cómo equilibrar las oportunidades educativas y comunicativas implícitas en la tecnología digital con la protección del desarrollo emocional y cognitivo de niños y adolescentes.

El asunto no es demonizar los dispositivos, sino promover la alfabetización digital, la supervisión afectiva y los límites saludables.

La tragedia de Ghaziabad, aun bajo investigación y análisis, debería convertirse en un llamado más a no subestimar los impactos psicológicos y sociales de la adicción digital en edades tempranas.

No es solo una cuestión de tecnología, sino de cómo esta, en ausencia de guías y límites adecuados, puede amplificar vulnerabilidades psicológicas ya existentes y, en casos extremos, contribuir a consecuencias fatales.

/Autor:Vladia Rubio/

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *