Cada noche, muchas personas hacen lo mismo sin pensarlo demasiado. Se sientan en el sofá «un momento», abren una red social para ver qué hay de nuevo y, cuando levantan la vista, han pasado 40 minutos. No estaban buscando nada en particular. Solo iban a mirar un par de cosas. Pero entre un video, una foto, un comentario, un mensaje y una notificación, la mano siguió deslizando la pantalla casi sola.

Ese gesto repetido, día tras día, no es casual. Una investigación científica publicada en el Journal of Behavioral Addictions, que estudia el uso problemático de las redes, ha documentado lo que ocurre cuando el consumo digital deja de ser un pasatiempo y empieza a parecerse a un hábito difícil de controlar. No se trata simplemente de «usar mucho» el teléfono o la computadora, sino de usarlos de una manera que crea problemas, porque cuesta parar, se vuelve una necesidad para calmarse, se pierde tiempo importante y, aun así, se repite. En ese punto, el uso se parece a otras adicciones. No hay una droga o sustancia de por medio, pero sí una conducta que se refuerza y se torna dominante.

Según esta y otras investigaciones, una de las primeras consecuencias es la dispersión mental. Las redes están hechas de interrupciones pequeñas y constantes. Aunque nadie te llame por teléfono, la propia aplicación te empuja a saltar de una cosa a otra y la mente se acostumbra a vivir a base de fragmentos. Cuando después intentas leer con calma, escribir, estudiar o simplemente seguir una conversación sin mirar el móvil, notas que te cuesta. No es que hayas «perdido capacidades», pero sí has entrenado al cerebro para cambiar de estímulo a gran velocidad.

A esa dispersión se suma la ansiedad. Mucha gente cree que la agitación mental viene de fuera, de problemas «reales», y a veces es cierto. Pero también puede alimentarse por dentro, por un uso constante de redes que mantiene la mente en alerta. La expectativa de un mensaje, la necesidad de comprobar si alguien respondió, la comparación con vidas ajenas, el temor a «perderse algo», la ira provocada por contenidos que buscan irritar… todo eso puede generar gran nerviosismo.

Y la incertidumbre es clave, porque el premio no llega siempre y, precisamente, por eso engancha. Cuando la recompensa aparece –un contenido atractivo, un mensaje, un «me gusta», una novedad–, el cerebro aprende que vale la pena seguir. El algoritmo de las plataformas, además, ordena lo que ves para que la experiencia sea lo más difícil posible de abandonar. Por eso, con el tiempo, disminuye la capacidad de concentración. Concentrarse no es solo «querer», es sostener la atención sin caer en la tentación de cambiar de estímulo.

Cuando el teléfono móvil se ha convertido en el interruptor más fácil del mundo, concentrarse cuesta más. Estudios con adolescentes publicados en el Journal of Behavioral Addictions han observado que el uso muy intenso puede relacionarse con peor rendimiento escolar, y que el uso desordenado se asocia con peor bienestar. No significa que cada persona que use redes vaya a rendir peor, pero sí que, cuando el uso se vuelve problemático, el precio se paga en energía mental y estabilidad emocional.

Las redes no «arruinan» la mente por sí solas, pero pueden entrenarla para vivir dispersa, inquieta y con menos capacidad de sostener el foco, especialmente cuando el uso se vuelve difícil de controlar. Si te reconoces en el «solo un momento» que se convierte en una hora enganchado al móvil, es una señal de que el hábito está bien aprendido. Y lo aprendido, con las condiciones adecuadas, también se puede desaprender.

/Autor: Emilia Reed, especial para Granma/

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