Por: Alfredo Fernández Arcia.

La ternura de esta foto se expande en mi alma, hubiese querido ser testigo de aquel momento, él regresaba de su misión, ellos le esperaban para dibujar con colores infantes su grandeza y así se harían realidad.

El abrazo que muestro en la instantánea, me resume el reencuentro no solo con su familia, sino con su patria. Adis, la gran mujer, estuvo mirando este momento, más las lagrimas saltaron, pero con el temple de la Mariana que le abraza el alma, cuando algo inevitable le asombra.

No sé exactamente cuantos años hace de este flash que ha quedado para la historia, de lo que si no me quedan dudas es de los valores que Lázaro Hernández Hernández supo inculcar en su familia, los cuales han trascendido hasta los tres nietos, que son continuidad ¡Sí, como la revolución! como esta generación toda.

Sucedió ayer, dejo de existir, quiso el tiempo que en la ciudad de Santa Clara, no podía ser de otra manera. Una vez más el vivir me reserva la enseñanza: “La muerte no es verdad cuando se ha cumplido bien la obra de la vida, truécase en polvo el cráneo pensador; pero viven perpetuamente y fructifican los pensamientos que en él se elaboraron. Son los tiempos con ondas del aire que entre sí se comunican y extienden las glorias de los que se cobijaron en su sombra”

La noche del viernes, no la olvidaré jamás, llegaron la cenizas del padre de mi hermano a su hogar, más el no estaba, cobijaba en su pecho grande, la tranquilidad de su compañía, a ratos desespero de mi parte, no podía dormir. Pero como en la instantánea que muestro en la cabecera de este articulo, ya no será Lázaro quien le abrase a la vuelta, será él, mi hermano, quien abrase su ánfora para que repose, esta vez sin flash, donde descansan los grandes de esta patria, en el campo santo de los héroes.