Por Héctor Izquierdo Acuña

Denominada antiguamente como La Sucursal del Infierno, la Isla de Turiguanó es uno de los parajes del archipiélago cubano donde el hombre ha transformado la naturaleza en función del bienestar de cientos de familias; desde sus primeros años la Revolución comenzó a revertir la miseria y el secular olvido cuando se inauguró, el 24 de febrero de 1965, el Poblado Holandés hoy Comunidad Celia Sánchez Manduley.

Sin embargo la Isla, como se le conoce popularmente por el pueblo moronense, tiene una larga historia donde no ha estado exenta la leyenda. Así, cuentan los historiadores moronenses Federico Naranjo Moronta y Rodrigo Aguilar González que una versión del topónimo se debe al la ocasión en que un aborigen que allí residía fue capturado por los colonizadores españoles y como forma de tortura le amenazaron con tirarlo al agua a lo cual respondía aterrado el infeliz nativo con las palabras Tira agua no, Tira agua no…, y de ahí devino el nombre, aunque a la luz de la razón, resulta algo inverosímil tal versión de los acontecimientos, si es que alguna vez llegaron a ocurrir.

Está documentado que fue escenario de hechos vinculados a las gestas independentistas tanto en la Guerra del 68 como en el 1895 y empleada por las fuerzas mambisas como lugar de paso para burlar las fortificaciones españolas de la Trocha de Júcaro a Morón durante la Guerra Grande y la de Júcaro a San Fernando tras la reconstrucción del enclave ordenada por el genocida Valeriano Weyler y Nicolau, Capitán General de Cuba desde 1896 hasta que tuvo que abandonar la poltrona cuando se dieron cuenta que su mandato resultaba incapaz para aplastar la Guerra necesaria organizada por el Héroe Nacional José Martí.

Fue de esa época en que recuerdo haber leído un periódico publicado en San Juan de los Remedios que comentaba del envío de hombres a Turiguanó, un verdadero castigo teniendo en cuenta lo inhóspito lugar, plagado de mosquitos, jejenes, caránganos y de cuanto molesto y voraz insecto existiera por esos lares, haciendo imposible la vida de aquellos infelices. Se narra por los más viejos que el ganado se introducía en el mar para poder estar a salvo de perecer a causa de las miles de picadas de mosquitos que los dejaban sin sangre en las venas. Era tal la situación que fue llamada La sucursal del infierno.

Después, en la primera década del siglo XX, arribaron a sus costas varias familias suecas provenientes de los Estados Unidos a quienes los estafadores de la The Malt Company les pintaron un idílico panorama de lo que encontrarán a su arribo: casas, tierras cultivadas, vías de comunicación…, tal y como les ocurrió a aquellos que se aventuraron a fundar colonias como La Gloria City, Omaha, Palm City y otras, y que al llegar esperanzados se encontraron con una dura realidad. Todo era un engaño.

Solo unas veinte familias permanecieron y debieron comenzar de la nada; otros simplemente regresaron apenas tuvieron la primera oportunidad cuando tuvieron algunos ahorros y varios, como la familia Swamberg y los Grand, se trasladaron poco después a Morón, a Sola Ceballos u otras partes del país. Todavía se conservan huellas del paso de los suecos por el suelo de la Isla.

Más tarde llegó Ezra J. Barker, rico norteamericano que introdujo la raza de ganado Santa Gertrudis con ejemplares del famoso King Ranch y comenzó el fomento de esa emblemática raza en Cuba que aún hoy se mantiene genéticamente inalterable.

Mr. Baker, como le decían, sentía más amor por un perro que por la vida de una persona y hay anécdotas que lo atestiguan como el hecho de negarse a prestar su barco para trasladar a Morón atravesando la Laguna de la Leche, única vía de comunicación existente; sin embargo tiempo después trasladó a uno de sus mastines para que fuese atendido en la ciudad.

El resto de la población de Turiguanó era diversa e incluía inmigrantes españoles, entre ellos canarios y de Galicia, y de otras nacionalidades cuya labor, extremadamente dura, era la de hacer carbón en hornos que debían velar día y noche. Vivían aislados en chozas de mala muerte, de paredes de yagua y techos de guano en la mayoría de los casos. Debieron hacer a mano canalizos entre los esteros para poder sacar las yanas o trasladar los sacos del combustible vegetal ya elaborado para después, con las magras ganancias obtenidas, tomar un corto descanso en la ciudad de Morón donde era habitual verlos en posadas, burdeles y bares hasta que se quedaban literalmente “arrancados” y debían retornar a sus faenas para reiniciar esa especie de ciclo vital.

Todo este panorama cambió de forma radical después del triunfo de enero de 1959 pues en esta llamada Isla, de alrededor de 202 kilómetros cuadrados, se construyó en los primeros años de la Revolución, la carretera que une a Morón con Turiguanó, atravesando terrenos sumamente pantanosos. Para realizar tal proeza debieron instalarse siete potentes turbinas, canalizar la ciénaga para desecarla, rellenar el terreno y en varios tramos se cimentó con hormigón y acero para evitar hundimientos.

Por aquella época Turiguanó sólo contaba con precarias viviendas, construidas en su mayor parte de guano y yaguas, y cerca de 350 habitantes dispersos en sus montes y costas dedicados a la ganadería y al duro oficio del carbón.

En 1959 el Comandante en Jefe Fidel Castro visitó la Isla y poco después, comenzaron las labores de levantamiento de un centro porcino y de construcción de los viales interiores y al año siguiente arribó una Compañía del Ejército Rebelde para fortalecer la mano de obra que tenía la misión transformadora. Con este personal se inició la construcción del “Poblado Holandés.”

En 1961 el comandante Manuel Enrique Fajardo Sotomayor, administrador de la Granja del Pueblo “Turiguanó”, durante una asamblea de vecinos afirmó: “Antes aquí solo había una ley: la del amo… pero ya no hay amos y a los campesinos se les construye una ciudad, escuelas y un hospital y se les asegura trabajo permanente todo el año”.

El 21 de septiembre de 1963 llegó la electrificación a tan olvidado lugar, quedando atrás para siempre la luz de las chismosas; ya habían sido alfabetizados y las tinieblas que nublaron la vista y las mentes de los explotados carboneros y sus familias desaparecieron para siempre.

Muchos antiguos obreros y habitantes afirman que las características nórdicas de su arquitectura se deben a la idea de Celia Sánchez Manduley luego de una visita a la Isla. Así surgió la idea del poblado que contó con 48 viviendas destinadas a carboneros y jornaleros que vivían dispersos, bajo la más absoluta miseria, en los inhóspitos montes del lugar. El poblado se asentó sobre una pequeña elevación conocida como la Colina del Pavo.

El “Poblado Holandés fue inaugurado y las viviendas entregadas a los trabajadores el 24 de febrero de 1965. Sus confortables hogares son de dos plantas y de arquitectura agradable, con techos rojos y líneas que tipifican la tipología constructiva de ese país bajo. En su infraestructura cuenta con alumbrado eléctrico, Casa Comuna, Biblioteca, parque infantil, bodega mixta, Consultorio del Médico de la Familia, y otros servicios como acueducto y alcantarillado, similares a los de una población urbana.

Con el desarrollo del turismo internacional se ha convertido en atracción por la belleza y armonía de su peculiar estilo constructivo, por eso causa admiración a todo aquel que transita por la carretera que enlaza a Morón con los diversos centros turísticos edificados en la paradisíaca geografía del archipiélago Jardines del Rey.