Es muy frecuente escuchar o leer frases como «¡Yo soy Fidel…!», o «¡Se oye, se siente: Fidel está presente!».
Sí, esto es necesario, pero no suficiente. Como es imperioso visitar y depositar una flor en la piedra, que guarda sus restos mortales en el cementerio Santa Ifigenia, o expresar aquí estuvo Fidel o esto lo creó Fidel. Todo eso, reitero, es un compromiso y un deber revolucionarios; sin embargo, no lo es todo.
Recordar a Fidel es mucho más. Es apropiarse de sus ideas y convertirlas en realidad, es adueñarse de su ejemplo y actuar como él, es continuar la obra que él inició y dirigió.
Y hoy, creo que estudiar el pensamiento, el ejemplo y el legado de Fidel no debe ser tampoco un homenaje, sino una conveniencia, un beneficio para la Revolución, los revolucionarios y patriotas cubanos, porque adquirimos un valioso instrumento, una extraordinaria guía para ser cada día realmente un Fidel.
Uno de los retos mayores para recordar a Fidel es también apropiarse de su ejemplo, para de manera consciente dar continuidad a su obra. Contrariamente a su inconmensurable grandeza y a su liderazgo al frente de la Revolución Cubana, Fidel fue ejemplo de una extraordinaria humildad, que mantuvo a lo largo de su existencia.
Si acudimos al concepto humildad –del latín humilitas, que significa «pegado a la tierra»–, tal como lo describe la Real Academia de la Lengua Española, en su primera acepción, es: «Actitud de la persona que no presume de sus logros, reconoce sus fracasos y debilidades y actúa sin orgullo». Así actuó Fidel toda su vida. Imitémoslo.
La autoridad de Fidel y su relación entrañable con el pueblo fueron determinantes para la heroica resistencia del país en los dramáticos años del periodo especial (…). Entonces pocos en el mundo apostaban por nuestra capacidad de resistir y vencer ante la adversidad y el reforzado cerco enemigo; sin embargo, nuestro pueblo bajo la conducción de Fidel dio una inolvidable lección.